Muestra auspiciada por la Fundación Alon

Corte. El lacónico pero categórico título que Adriana Fiterman ha dado a este nuevo conjunto de pinturas realizado en los dos últimos años, establece de modo tajante un punto de inflexión en su rica producción plástica. El corte es tanto temático como formal. Algo ha madurado internamente en la artista. Los medios son más sutiles, el espacio que alberga sus solitarias figuras, encerradas siempre en sí mismas, es decididamente ambiguo. Como una floresta extraña, lianas plateadas entrecruzan verticalmente la tela dificultando la mirada. Poblado de corazones, órganos sexuales femeninos y vísceras diversas, en su abigarrada disposición y potente cromatismo, el todo tiene algo de mórbida selva, de trópico exuberante que teje un permanente juego de dualidades. Lo interno/externo se confrontan. Las mismas figuras se repiten una y otra vez a lo largo de las obras o dentro del propio lienzo en distintas variaciones de gris, tonos quebrados o sepias apastelados. Ensimismadas, están concentradas en sus gestos, sus andares o sus lecturas, envueltas en sus silencios, congeladas en un tiempo sin tiempo, mientras esos corazones suspendidos en la tela, esas vaginas aladas como mariposas o esas tripas entreveradas en tortuosos recorridos estallan en la sanguinolenta vibración de los rojos intensos, los amarillos carnosos, los venosos azules entubados.

En su producción anterior, Adriana Fiterman miraba y recreaba un mundo de dinero y poder, de ejecutivos satisfechos, grotescamente seguros de sí, de su riqueza, de sus mesas bien servidas, de sus ampulosos ademanes. El crudo expresionismo de las formas exacerbadas, de las tensiones espaciales y la violencia del color daban sustancia a este friso de humanidades sin humanidad. Quizás, algunos de esos personajes persistan en su actual producción pero el escenario ha cambiado y aunque detrás de unos anteojos negros alguno de ellos nos mire fijamente, son como marionetas prisioneras en un universo de formas orgánicas donde también habitan otros seres, menos crispados. ¿Eficientes? ¿Ineficientes? Desde los títulos, casi todos entre signos de interrogación, la artista disuelve las certezas, tensa los contrastes.

El arte es lenguaje. Desde su propia inmanencia articula el discurso. En esta nueva serie de trabajos, la organización del cuadro sugiere espacios irreales mientras la modulación de la paleta genera secuencias tonales absolutamente funcionales a la suma de interrogantes y al misterio que envuelve cada tela. Un tiempo interior pulsa rítmicamente como el tan tan que bombea acompasadamente el tenue latido de tanto corazón derramado.

Alberto Giudici

Centro Cultural Borges, agosto 2005

Imágenes de la inauguración