En el crepúsculo de los años 90, mientras comenzaban a apagarse las luces de la fiesta argentina financiada con la privatización de gran parte de los bienes públicos y el país se encaminaba hacia la peor crisis política, económica y social de su historia, el grupo Ar Detroy que fundó Charly Nijensohn, realizó la video-performance “Un acto de intensidad”. La austera poesía visual de las imágenes, la de esos hombres parados sobre pedestales como soberbias estatuas en medio del océano de sal de la puna andina, parecía marcar un punto de inflexión ante la irracionalidad que se avecinaba. Las hieráticas figuras abstraídas de la realidad, erguidas en la desolación del paisaje de la Salina Grande de Jujuy, se percibían como la viva imagen de la fortaleza interior.
Desde entonces, Nijensohn no ha cesado de explorar los límites. En aquella instancia cercana al derrumbe, sus obras se podían ver como metáforas de la necesidad del hombre de potenciar su energía, para enfrentar una situación abismal. Sus imágenes aún mantienen ese poder de choque y continúan provocando extrañamiento, pero el sentido se ha vuelto sideral, se abre ahora a múltiples lecturas, y su significado no permite ser interpretado en un rumbo unívoco.
El primer dato que surge de sus últimas performances, es el contexto particular del territorio donde se desarrollan y de los habitantes del lugar, que participan de un modo activo. En “El naufragio de los hombres”, los protagonistas de una serie de fotografías y videos realizada en enero del 2008 en el Salar de Uyuni, son integrantes de la comunidad aimará del pueblo de Colchan de Bolivia.

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