Curador: Alberto Giudici

Como si fuera un retrato de Giuseppe Arcimboldo, las vaquitas, apretadas una junto a otra como un damero, van trazando el perfil de don Juan Manuel de Rosas. Apiñadas insinúan el lujoso uniforme militar, delinean el rostro adusto, la cabellera ensortijada y las largas patillas que contornean el mentón. Vacas, solo vacas. Un rostro: el del Restaurador de las Leyes que en sus duras facciones encierra una parábola que lo excede: la del matadero. Ahí donde las vacas se carnean. Ahí donde todo se carnea. Ahí donde la carnicería, como espacio y como acción, es el sustantivo y el verbo de una geografía y un tiempo.

Ya lo sabemos desde la escuela: El matadero, el relato escrito por Esteban Echeverría entre 1838 y 1840 en su exilio en Montevideo, es una metáfora de la libertad constreñida bajo la férrea mano de un hombre. Como sostiene Paul Ricoeur, la metáfora consiste en un desplazamiento, en una ampliación del sentido e implica una teoría de la sustitución. Y es la figura que mejor se adecua a la producción de estos dos artistas. Ya desde la portada, Carlos Alonso anticipa el sentido del libro para proyectarlo a un universo más vasto y de ese modo comenzar a escribir dos historias, la del relato de Echeverría pero también la de otro matadero, aún más feroz y trágico, que como una obsesión recurrente anudará los tramos más significativos de su propia obra.

Según los manuales, con El matadero Echeverría inicia una línea realista y crítica en la literatura argentina. Si fue así, el inicio fue tardío: ya terminado, el libro permanece inédito. Su autor muere en 1851 y sigue inédito. Rosas es derrocado dos años más tarde, y continúa inédito. Al darlo a conocer recién en 1871, su devoto amigo y brillante poeta, Juan María Gutiérrez, ensaya alguna justificación de tan prolongado ostracismo editorial: “Estas páginas no fueron escritas para darse a la prensa tal cual salieron de la pluma que las trazó, como lo prueban la precipitación y el desnudo realismo con que fueron redactadas”. ¿Es así? O quizás la lluvia interminable, el fango putrefacto, el hedor sanguinolento, las vísceras y los roedores, el trazo grueso de las escenas, el lenguaje chocante…, todo resultaba literariamente ‘incorrecto’ para esos años de romántica exaltación.

Pudoroso de retocarlo, finalmente Gutiérrez decide publicarlo tal cual fue escrito con las advertencias del caso. Hoy está claro que es precisamente en su descarnado realismo, casi goyesco, y sobre todo en esa “precipitación” aluvional de delirantes hechos inconexos donde reside el carácter precursor de El matadero. El desorden es estilo y es sustancia. La notable simbiosis de “verga y puñal”, con que Echeverría cierra su relato, está delineando una alegoría recurrente de violencia, sangre, muerte y poder, inédita para la época. Y es precisamente la relación res-hombre profanado, el leit motiv que como un espasmo recorrerá la futura obra alonsiana. De ahí la empatía entre ambos mataderos, el de las letras y el de la plástica.

Los seres primitivos y brutales de la mazorca rosista serán, poco a poco, reemplazados por refinados estancieros, clérigos tan vociferantes y vecinos del poder como lo eran en el texto de Echeverría, amenazantes uniformados y su tenebrosa corte de anónimos represores. Junto con las apretujadas vaquitas del damero conforman el poder. Un territorio, dirá Alonso, “donde la anatomía humana y la anatomía de la vaca, y la sangre de la vaca y la sangre del hombre están a veces a un mismo nivel de mercado y de precio”. Así, la metáfora traza finalmente su más terrible elipse. Y en este nuevo escenario del matadero nacional, las reses que cuelgan serán inexorablemente humanas, y ausentes.

Alberto Giudici
Fundación Alon, enero 2007