El fausto paródico de Benicio Núñez

Núñez nació en 1924 en medio de los montes, pájaros y colores de una estancia correntina y se crió en un campo de Entre Ríos. Con la percepción aguzada desde la infancia, supo mirar con humor, pero también con amor, el mundo de esos dos gauchos “conversadores” de Estanilao del Campo.

Núñez alcanza un grado de afinidad e intimidad con la chispeante versión criolla del “Fausto” que, a pesar de la subordinación que implica la ilustración con la letra escrita, él enaltece su oficio. Sus ilustraciones brillan con luz propia. Más allá de que a la vez, sus dibujos coincidan sin resto con la recreación de la ópera Gounod que, en 1886, el mismo año del estreno en Buenos Aires, publica en versión paródica y bajo el mismo título Estanislao Del Campo, escritor que asegura Borges: “Es el más querido de los poetas argentinos”.

Bajo la mirada de Núñez aparece la ironía del poema gauchesco, la gracia de esas peripecias que Anastasio el Pollo le relata a Don Laguna sobre su noche de ópera. El relato comienza con el encuentro de dos gauchos a orillas del río. El Pollo cuenta que llegó a la ciudad para cobrar una deuda y entró al teatro Colón. En la minuciosa narración del drama, la ficción cobra realidad, la representación resulta ante los ojos “ingenuos” del gaucho tan veraz que la aparición del Diablo es relatada como un hecho cierto. La figura del Demonio de Núñez, artista que comparte esa la mezcla de picardía e inocencia del hombre de campo, resulta escenográfica y sorprendente, acaso porque como él mismo contaba al evocar su infancia, debía exorcizarse de su propia mitología: “Los cuentos de aparecidos que se adueñaban del espacio, (…) y los feudos de La mujer sin cabeza, La llorona, El Lobizón”.

Nuñez ostenta más de un rasgo en común con los protagonistas del poema gauchesco. Artista casi autodidacta con la excepción de su primer maestro Amaré, afirmaba: “Yo no quiero hacer magia, para mí pintar es tan fácil como leer una flor. Las cosas me salen solas”.

Ese jovencito que llegó a los 18 años a Buenos Aires con un trabajo en un aserradero de Avellaneda, a luchar “contra los maleficios del asfalto”, acabó finalmente por integrar el envío argentino a la Bienal de San Pablo en 1952. Gracias a un encuentro “milagroso” con Tomás Maldonado -que le enseñó los secretos del arte contemporáneo-, en 1946 se integró al grupo de artistas del movimiento Arte Concreto Invención.

Sus ilustraciones del Fausto se alejan, al igual que el poema, de la literalidad de los acontecimientos representados, y es a través de la parodia que ambos –autor e ilustrador- llevan a nuestras pampas un drama universal y lo presentan en clave gauchesca. Si detrás de la parodia se esconde la a veces la tragedia, a Nuñez no le tiembla el pulso, aborda con trazo firme las secuencias del drama. Aunque desde el principio al fin, las obras ostentan la teatralidad del escenario y remiten a la idea de ficción. El color juega un papel crucial para la expresividad. El rojo “endemoniado” y también apasionado, se bate a duelo con el azul de los uniformes militares y el amarillo radiante de los soles; el blanco y negro brinda forma y, a la vez, un tono emotivo, a la inmensidad del campo, las escenas del calvario de la prisión y la muerte de la protagonista, y la imagen del Fausto arrepentido y el Diablo por fin vencido.

En suma, las palabras de Estanislao Del Campo y también las pinturas de Benicio Núñez, se confabulan para rescatar los valores –tapados y menospreciados– de la cultura popular argentina.

La muestra se completa con un video que conjuga las obras de ambos, realizado por la Fundación Alon 1985, con la idea y coordinación de Valeria Fiterman y la adaptación de Marcelo Moreno.

Ana Martínez Quijano

Charly Nijensohn: La aventura incesante que precede a la noche

En el crepúsculo de los años 90, mientras comenzaban a apagarse las luces de la fiesta argentina financiada con la privatización de gran parte de los bienes públicos y el país se encaminaba hacia la peor crisis política, económica y social de su historia, el grupo Ar Detroy que fundó Charly Nijensohn realizó la video-performance Un acto de intensidad. La austera poesía visual de las imágenes –la de esos hombres parados sobre pedestales como soberbias estatuas en medio del océano de sal de la puna andina–, parecía marcar un punto de inflexión ante la irracionalidad que se avecinaba. Las hieráticas figuras abstraídas de la realidad, erguidas en la desolación del paisaje de la Salina Grande de Jujuy, se percibían como la viva imagen de la fortaleza interior.

Desde entonces, Nijensohn no ha cesado de explorar los límites. En aquella instancia cercana al derrumbe, sus obras se podían ver como metáforas de la necesidad del hombre de potenciar su energía, para enfrentar una situación abismal. Sus imágenes aún mantienen ese poder de choque y continúan provocando extrañamiento, pero el sentido se ha vuelto sideral, se abre ahora a múltiples lecturas, y su significado no permite ser interpretado en un rumbo unívoco.

El primer dato que surge de sus últimas performances es el contexto particular del territorio donde se desarrollan y de los habitantes del lugar, que participan de un modo activo. En  El naufragio de los hombres, los protagonistas de una serie de fotografías y videos realizada en enero del 2008 en el Salar de Uyuni son integrantes de la comunidad aimará del pueblo de Colchani en Bolivia.

Fundación Alon, febrero 2009

Imágenes de la inauguración