Por Nora Viater

Cuando los alemanes invadieron Polonia, en 1940, y levantaron los muros de lo que fue el gueto de Varsovia, detrás de esas paredes de 3 metros de altura, la vida siguió, a pesar de todo. Los judíos que vivían en la ciudad siguieron haciendo lo que hacían antes de la invasión: pintaban, componían música, leían, escribían. Y cuando la noche se cerró definitivamente alrededor de ellos, comenzaron a esconder esa producción, a buscar el modo de preservar un legado que –estaban seguros– sería arrasado.

En septiembre de 1946, cuando la Segunda Guerra Mundial había terminado, se recuperaron de entre los escombros diez cajas metálicas y tarros de leche, que contenían buena parte de los archivos clandestinos del gueto. Entre todas, había una caja que contenía la obra de Gela Seksztajn, la pintora de esa ciudadela del espanto.

Había también documentación, fotos, su testamento y el de su esposo, Izrael Lichtensztejn, un escritor y profesor de escuela que se había vinculado al grupo Oneg Shabat (Alegría del Sábado) con un objetivo: estudiar desde la clandestinidad cómo era la vida de los judíos en el gueto. Quien había tomado la iniciativa fue Emanuel Ringelblum, un historiador y doctor en filosofía de la Universidad de Varsovia, asesinado por los nazis en 1944 después de que alguien delatara su escondite.

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