Se llevan muy bien el mundo de Roberto Arlt y el de Eduardo Iglesias Brickles. Amasadas gubia y formón en mano, las figuras del artista se meten en la piel de los personajes de Los siete locos. Hay en esas figuras algo adustas, tiesas, apesadumbradas o extremadamente melancólicas, huellas del nuevo objetivismo, del pop, de la obra gráfica del expresionismo de Ludwig Kirchner, Max Pechstein y Schmidt Rottluff, de ese trazo que es puro gesto. Todo, claro, a la manera brickeana.
Tras su paso por la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, Iglesias Brickles se metió de lleno en la xilografía y hasta fue ayudante en el taller de Aída Carballo. Arrancó con los grabados iluminados, que le permitieron no romper con los tradicionales requisitos del grupo de grabadores de la city y, al tiempo, experimentar con mayores márgenes de libertad. Después, modificó la antigua técnica hasta transformarla en pura paradoja: el taco devino un original. Así surgieron sus singulares xilopinturas. Esa invención tan suya donde el color se mete en las vetas de la madera y deja ver las huellas de la gubia: evidencia con fuerza única la resistencia del material. Cautivan los colores hiperluminosos, a veces puro flúo, en contraste con los planos negros. Con óleos, acrílicos, tintas de grabado, y con economía de recursos expresivos, el artista desata un universo enigmático, extraño.

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