Corpus delicti

Más allá de los perfiles cincelados del cuerpo, hay otra desnudez allende el desnudo, la desnudez palpitante de la carne. El arco del deseo se tensa hasta arañar la piel. Caricia de Eros, garra de Tánatos. En las orillas del mirar, el tacto prolonga la trayectoria de la vista. Traspasa la frontera de los cuerpos, quebranta el silencio de los contornos para penetrar en cavidades rumorosas de la conciencia, donde habita el ser que siente. Espacio del placer y del dolor. Periferia de los cuerpos, territorio de comunicación somática.

Lugar de la empatía.

Como señaló John Berger, el “Buey desollado” de Rembrandt no representa una naturaleza muerta sino una escena dramática. No estamos ante una expresión silente e inmóvil de la Vanitas, ese soliloquio estoico de la muerte. Aquí el cuerpo se expresa en su desnudez desgarrada, en el paroxismo de su abertura, en toda su amplitud de tono.

Como un grito o una herida abierta. Esta carne sangrante es el torso lacerado de Cristo, Marsias despellejado por apolo. Es el cadáver deseccionado del doctor Tulp, literamente una “autopsia”: “visión con los propios ojos”. O con las manos, que es como el cuerpo conoce Santo Tomás hurgando en las llagas de Cristo.

Un mosaico romano del Siglo IV representa a un esqueleto que señala con el dedo la inscripción: “Gnothi seauton” (“Conócete a ti mismo”), como invitado a una espeleología del cuerpo, a una topografía de los efectos. En la cartografía carnal que delinean las marcas de despiece de la res, Gonzalo Elvira inscribe un territorio conocido, carne de su carne, los perfiles del mapa argentino.

Terreno roturado por heridas aún abiertas, carne que padece, este atlas bovino es un grito proferido desde las profundidades desgarradas de las entrañas.

Rosa Gutiérrez Herranz

Fundación Alon, agosto 2011