La imagen en blanco y negro exhibe con desnudez la paradoja del trabajo en un matadero: la muerte más primaria, la faena de carnear en medio del olor a restos orgánicos y sangre puede ser también una rutina diaria, una tarea que alguien tiene que hacer aun cuando haya que ponerle el cuerpo, aun a riesgo de sufrir accidentes. Así, mientras dos medias reses se desangran en un gancho boca abajo, dos trabajadores sentados en el cordón de la vereda, hacen una pausa en medio de la rutina brutal, uno de ellos le pasa el brazo por el hombro y parecen satisfechos tras la tarea cumplida.

Si como establece Manheim, todo acto de visión es un juicio visual, entonces que nuestra mirada sea guiada en línea recta, sin solución de continuidad, de la exhibición desnuda de la carne a la fraternidad del descanso laboral indica el oxímoron que el artista detuvo para siempre en un instante. La camaradería y la brutalidad son dos conceptos que, en principio, pueden parecer lógicamente incompatibles pero que la maestría de Makarius fue capaz de condensar en el gesto tranquilo ante la lente.

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