Las vacas caminando encolumnadas entre los corrales hacia un galpón de chapa, y en especial una, mirando de reojo, recelando de quien la observa, comparten un aire vencido con el de los tantos explotados que al entrar al trabajo avanzan domesticados hacia su exterminio. No, no es una metáfora. Como no lo es tampoco ese muchacho que, en el interior de un frigorífico, ayudando a tres obreros de la carne que cuelgan una res de una ganchera, sonríe por detrás de la res con una picardía viril. Parece divertirlo la situación, como si él, sus compañeros, todos los que trabajan en el matadero, explotados en ese trabajo rudo, sangriento, participaran de un acto en que lo salvaje y lo épico se entreveran. Esa faena, pareciera, los envanece al tornarlos rudos. Ese muchacho puede ser mi tío, delegado del frigorífico Lisandro de la Torre, uno de los obreros insurrectos contra la privatización de la industria de la carne durante esa huelga y esa toma del ’58, que habría de terminar con un masivo despliegue policial y militar, los tanques derribando las puertas. “Les pusimos el pecho a los tanques”, habría de contar mi tío.

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